Publicado por Grupo Joly

Mi amiga Lola, esposa cincuentona y madre de adolescentes, es para mí una fuente de sabiduría e inspiración constante. Sí, la misma Lola que bajó del coche gritando: “¿¡creéis que llevo la L porque me llamo Lolaaaaa!?”. Pues hoy, en nuestro café de a las nueve y cuarto allí, me ha hecho pensar más que el mismo Kafka. Que ya es… Lola me cuenta la gran noticia de un nuevo colchón que se chiva de las infidelidades. Vamos, que ya la última que se entera no es la mujer. Como poco la segunda, o el segundo. Una app que detecta desde el móvil, a tiempo real, una actividad anormal en el colchón. Y una Lover Detection System de veinticuatro sensores ultrasónicos mandan una imagen en 3D de la zona en la que está recibiendo más presión el susodicho. “Actividad anormal”, repite Lola. Por Dios, Lola, no leas esas cosas. Claro que, gracias a que las lee, yo empiezo a pensar que hasta las máquinas nos han superado en sentimientos. Se inventaron para sustituir al hombre y vaya si lo han sustituido. Incluso tienen más educación que nosotros. Y más cultura. Ahí está Google. Nos dan las gracias por el tabaco, son tan buenas “personas” que te avisan para que no te equivoques nunca (de gasolina), no te roban los cambios… Entonces me doy cuenta de que tengo un aspirador que va solo por la casa hablándome en cinco idiomas, detallazo. He llegado a contestarle, lo confieso. Sólo en inglés. Su gracioso ir y venir por todas partes limpiando me alegra el día. Al menos no está ahí quieto como un pasmarote. Lo llamo Rumba, por el parecido fonético con la marca del fabricante. Resulta que me hace feliz, o no… Que me lías, Lola. Aunque no va desencaminada. Un investigador, Javier Hernández, estudia lo que llaman la computación afectiva. Herramientas que miden las emociones humanas, las interpretan y simulan. Crear una interacción con las máquinas, como si fueran personas. Nuestros móviles llevan sensores que nos controlan el ritmo cardíaco y la respiración. Os lo prometo, creedme. La privacidad se acaba donde empieza la pantalla. O quizá sea ahí donde empieza esa privacidad. ¿Soledad? Chiste: “Soledad es llamar porno a la carpeta del porno”. Perdón, ha sido un lapsus. Hace poco se me estropeó el móvil y el sufrimiento por no saber lo que estaban haciendo allí dentro todos fue casi mortal. Mortal para el técnico que me dijo que lo arreglaba en tres días. ¡¡¡Tres!!! La película Her parecía lejana, ¿no? Somos nuestras máquinas. Nos vamos pareciendo a ellas cuando debería ser al revés. Sentimientos software, me cantas por YouTube, amores skype, frases hashtag, besos selfies, bytes por células y la fibra sensible convertida en óptica. Todo en un pack. Ya no hay que deambular de aquí para allá. ¿Verdad, Lola? Pero Lola no me contesta. Se marcha mientras pregunta a Siri: ¿¡¡¡Actividad anormal!!!?