Publicado en XYZ

Mi intuición no ha fallado y mi olfato se agudiza al verlo. Pero piso su casa con manoletinas suaves.

Espartaco huele a albero, a tierra amarilla y retazos de campos verdes. Dos estoques en la mesa de centro, las luces sobre el blanco de su traje adornan una esquina. El blanco, su color. Elegante el resto. Su enorme retrato torero parece que va empezar el paseillo en cualquier momento, pero observo el capote en su mano y busco la puerta chiqueros como un instinto. Esa que Espartaco ha mirado de rodillas tantas y tantas veces. Un reto, una osadía que tiene un gran sentido.

“Era la manera afrontar el resto de la corrida, como en la vida. Una vez superado ese momento el resto es más fácil. Son unos segundos en los que todo pasa por la cabeza a la vez que asumes morir. Muerto de miedo.”

Creo que nunca se han unido tanto estas dos palabras como en sus labios.

Como me convence de esto le hago caso y empiezo por la pregunta que más me cuesta hacerle.
¿Tus veintiséis cornadas te las ha dado el hambre, Espartaco?

“No. Jamás he pasado hambre. He sido un niño mimado. Mimado por mis abuelos, mis padres… Nunca me faltó nada. Tenía más de lo que necesitaba.”

Parece que entonces tengo delante a un torero por afición, por amor al arte, por una pasión. Me equivoco. Vino después.

“Siendo aún niño empecé a pensar que no era justo tener todo y mis padres y abuelos trabajando tanto. Quizá no tenía por qué pensar aquello, ni necesidad. Pero así fue. Algo tenía que hacer y lo más a mano para remediarlo eran los toros. Si hubiera sido una fábrica allí hubiera ido. Daba igual. Lo decidí yo y con trece años ya marché solo a Sudamérica a torear. En aquellos tiempos era una proeza hasta ir a Madrid, el niño desde Espartinas a la capital…”

Y así empezó a perder su juventud, se acabó. Es la única queja que le escucho  mientras sigue saliendo Juan. El niño hombre o el hombre niño. Parece no tener edad, o no sé cuántos años echarle a su cabeza, ¿unos mil? Empiezo a acostumbrarme a verlo sin luces, sin montera, sin ese gesto tan suyo en el ruedo tensando pómulos. Su rostro está en paz, relajado, incluso diría que cantarín. Ya no busco burladeros. Es un gran conversador y sus palabras hacen que abandone por un rato las Puertas del Príncipe abiertas por él, los premios taurinos, los largos años de número uno, sus grandes éxitos en las mejores plazas del mundo, su precioso corte de coleta el Domingo de Resurrección en La Maestranza… Recojo los trastos, los mando al traste y saco unos nuevos. Lo observo ahí solo. Nunca le gustó la soledad, quizá por esa de los medios donde cinco metros son kilómetros. Pero ahora reconoce disfrutarla y necesitarla en momentos, sólo en momentos.
Vive todo lo que puede con sus padres, sus hermanos, su familia. Y por supuesto con aquellos, que confiesa, son los únicos que ya mandan en él, sus hijos. Las personas que se han criado con sus abuelos tienen algo especial, algo que trasluce una transigencia infinita. La costumbre de la paciencia la tiene aprendida. Supongo que por ello ahora crea su propia ganadería de toros bravos. Esa raza que necesita el tiempo, lento, despacio, la solera. Y esto sólo se puede hacer con amor. Y hablando de amor le pregunto qué es lo mejor que han hecho por él y quién. Es rápido ahora en su respuesta:

“Lo mejor me lo han dado los toros. Me han amado tanto… Converso con ellos, es un amor recíproco. Hemos tenido largas charlas en la plaza y en el campo. Conversaciones íntimas.”

Saca su móvil y me enseña un vídeo impresionante que va estirando un poema de Bécquer sobre las imágenes de los toros bravos. “Podrá la muerte cubrirme con su fúnebre crespón; pero jamás en mí podrá apagarse la llama de tu amor”. Mudos. Respira muy hondo y hasta creo que tiembla. Tiembla. Tengo que romper el largo silencio provocado, y muy a pesar, le pregunto por los antitaurinos. Imposible no pensar en ellos ante las imágenes.

“No comprendo por qué van a por una minoría, somos pocos comparado con otros asuntos tan preocupantes y de masas. Tan dañinos en el mundo. Pero de acuerdo. Vamos a ponernos en la plaza, en esa crueldad que dicen que hay hacia el toro. Le adjudican algunos sentimientos que no tiene el animal. No sabe que va a morir.”

Y se pone en ello.

“Abolamos las corridas de toros, ¿dónde hay que firmar? Pero que primero me den una solución. ¿Cómo salvamos la especie? Lucho por el lince ibérico, gratuitamente. Se invierten millones de euros para evitar su extinción. El toro no es como el lince. No sabe sobrevivir si no es mimado durante años, alimentado, cuidado en extremo. No sabe buscarse la vida. No han visto como viven en el campo, la belleza… Pero el fin es la plaza, sin ella se acabaría. Que me digan la solución primero y luego firmo.”

Espartaco habla profundo, rotundo y sabio. Ha sido galardonado con el premio a la Conservación del Lince Ibérico 2013 por su labor de concienciación entre los propietarios y gestores en la Sierra Norte de Sevilla para salvar esta especie. Él lo hace en  su finca, donde vive atento a su ganadería. Un sueño cumplido. Pero… ¿qué sueños tienes ahora?

“Muchos. Pero no me preguntes cuáles. Aún lo no sé. Cuando los tenga delante lo sabré. Hay que conocer bien a los sueños. Intenta conocer tus sueños.”

Y uno conocido son sus amigos. Destroza la frase hecha “me sobran dedos de una mano para contarlos”. Quiero nombrar a uno solamente y dejar al largo resto imposible de transcribir de las palabras y elogios de Juan. Paquirri. Su mirada se pierde, como lo perdió a él. Tantas horas  incansables juntos. Medio alma. Silencio de nuevo. Se recupera.

Vuelve a sonreír. Esta entrevista está siendo una montaña rusa. Una sonrisa tan famosa como agradable. La sonrisa de Espartaco. Y eso me recuerda preguntarle por qué lo llaman así y cambiar el tercio de la melancolía. ¿Es por Espartinas, tu pueblo?

“No. Fue por un día que mi padre fue al cine con Manuel Benítez el Cordobés y su apoderado, Rafael el Pipo. Al salir de ver a aquel tío le dijeron que a partir de ese momento le iban a llamar Espartaco. Y se corrió la voz. Luego a mí, claro. No suelo contar esto porque casi todo el mundo cree que es por mi pueblo.”

La verdad es que Kirk Douglas se parece a ellos. Percepciones mías mientras habla con su gente de la finca por teléfono. Empieza a anochecer y hay que despedirse, las horas… segundos. Sigue pausado. Espartaco no tiene prisa por dormir. No necesita soñar. Un hombre que no soñó con su sueño y lleva veintiséis cornadas sin hambre.

Dedicado a Rafael Moreno.