Publicado en XYZ

Hoy mi diálogo a una voz tiene dos ventajas. La primera es que conozco a José Manuel desde mi niñez. El salón de los mayores en casa era cerrado para una petarda de trece años que se llegaba a dormir acurrucada en el suelo tras la puerta, mirando las baldosas, mientras su voz se asomaba por la pequeña rendija iluminada. Me enamoré, lo reconozco. Luego supe que fue de sus poemas. La segunda es que me sé todas sus canciones, va por delante. Por ello vamos a darle ese punto pasota que nos gusta a los dos. Un hombre al que defino que por el arte es capaz hasta de pasar del arte, ya arrastra dudas. Y me sale el fanatismo a su lado. Sin control. Su eterna novia espera a su lado silenciosa, su guitarra. La gran abrazada. La gran envidiada por sus fans. La palabra fan debería venir de fantasía, ¿a que sí?

José Manuel, a partir de ahora Soto (como en las enciclopedias) no tuvo más remedio que cantar, igual que no tuvo más remedio que quererla “al momento de haberla conocido”. Cantaba por Sevilla, El Puerto y Jerez sin prisas, despacio, sin contratos de ansiedad. Jugaba con su juventud tal como él reconoce. Aquel chaval, al que en casa llamaban el suave, hacía gala de ello largándose a la calle a ver mundo.

“Así me llamaban. Cuando se daban cuenta ya había desaparecido”.

Ese juego creo que hizo que se encontrara demasiado pronto (algunos aún nos estamos buscando). Es un hombre profundo, con hondura. Mira la vida lánguidamente y así la recorre. Soto no parpadea, no lo necesita. Mantiene los ojos cerrados tanto tiempo que da la sensación de que huye de la realidad. Falso. Es tan realista que duele. Dios me pille confesada. No hay más que leer sus tuits sin pelos en la lengua (caiga quien caiga) y ver sus inquietudes para darse cuenta de que pisa donde él quiere, donde le da la gana. Defensor de los derechos de autor, crítico del IVA desmesurado que atenta contra la cultura, preocupado por la política sin demagogias, atento al futuro de sus hijos. Su familia, su mujer. Pendiente de sus amigos e incansable cuando se trata de colaborar en acciones sociales como en la Fundación Alalá, la lucha contra el cáncer, los niños marginados… Llegó a ponerse la camiseta del Sevilla FC por solidaridad con el Banco de Alimentos, vaya bético… Es autocrítico sin complejos; sabe mirarse al espejo, como buen poeta. Lo ha hecho desde muy joven. Siempre huyó de aquella Sevilla clásica y metódica, aquella Sevilla tan tradicional que incluso traiciona. Y así marchó para sólo volver en primavera.

Empezamos a verlo en aquel programa de Fernando García Tola, El Pirulí, en abc de Madrid con Marta Barroso, cantando en reuniones privadas en el Palacio de La Zarzuela… y mil sitios más. Y conciertos por doquier. Un sevillano nacional que cruzó el Atlántico. Pero seguía siendo nuestro. Recitar poemas cantando con eso tan difícil del gesto andaluz, porque la voz de Soto tiene gestos, le seguía delatando fuera donde fuera. Nos pedía dejarnos querer y hacia versos con unos lápices Alpino a su madre del alma. Puro Soto.

“Compongo las canciones con mi guitarra, la mesa limpia y despejada delante. Cuantas menos cosas vea mejor”

Quizá por ello canta con los ojos cerrados. Se escucha mejor.

“Las canciones nacen de una sola frase. Cuando tengo una la canción ya está entera. Es lo que hace grande a Manuel Alejandro, por ejemplo. Un día dijo: se nos rompió el amor de tanto usarlo y ahí está, le salió del tirón.”

Y nos dio frases desde su primera Orilla como “volver a verte otra vez”, “quién eres tú”, “se murió nuestro amor justo en el último beso”, “mi piel contra su piel se peleaba”, “lastima de tanto amor que he desperdiciado” o aquella sevillana de tengo un amigo del alma. Y un día con dos palabras fue suficiente, Por ella. No busquéis quién es ella. Evito esa pregunta. Porque Soto sigue teniendo un séquito de seguidores que hasta se reúnen en las redes sociales. Tanto en su página de Facebook como en otras como la creada por Eva García. Incluso existen grupos de WhatsApp en su honor. Sin embargo creo, al escucharlo, que nunca ha querido ser consciente de esto. Quizá no le ha dado la gana. Quiere un perro, un caballo y una playa.

Soto 2Soto me sigue hablando lánguidamente. Suave y sin pronunciar un solo taco, algo que hoy día extraña. Y no tiene prisa, también raro en estos tiempos.

Sus anécdotas son inagotables. Habla de sus amigos situándolos en ellas con cariño. Y soy yo la que ahora no hace la lista porque, con esa excusa que dicen, me puedo dejar alguno. La amistad tiene memoria y Soto tiene mucha. Y mientras su memoria habla suena Soto&Amigos de fondo. Un concierto en La Maestranza de Sevilla que da fe de lo que escribo. Las entradas se agotaron en horas y cantó con grandes de la música. Dos orejas y rabo para este torero. Y como buen torero sabe dar capotazos a aquellos que le embisten, porque de todo sabemos que hay. Capotazos al señorito andaluz, al facha, al niño guapo sevillano, al cantante de la Jet… ¡Ay!, José. Si el alma pudiera verse… otro Soto cantaría. Como aquella otra frase que dio otra gran canción: “qué sabe nadie”.

Pero como lo suyo es cantar, de repente deja de hablar, abraza la guitarra, dos rasgueos, su voz y vuelvo a mis trece años tras aquella puerta.