Nunca conté los años por Navidad. Los primeros de enero no tenían más importancia que un concierto para llorar entre palmas y valses. Septiembre marca mis ritmos, octubre lo salto a piola y noviembre siempre es triste en poesía. He perdido el compás de un largo año. Como una complicada melodía interminable que ya no escuchas. No siento la percusión, ya no vibra. La piel dejó de latir. Mañana también habrá una pesadilla. Una distinta. El día está raro… y no llega Septiembre.